Fue una mierda anudarme la garganta, no decirte hola ni saber decir adiós.
Porque una vez sabía (supe, que no estoy mintiendo) decirlo. Sólo decía adiós. Pero no me gustaba y era tal la atracción que me produjeron los hastaluegos que empecé a llenarme la boca con sus sílabas. Empecé a introducirlos entre los dientes, los masticaba un poco y me los tragaba sin respirar, como los jarabes horribles, como las cosas que huelen mal. Me los tragué y cuando ya estaban todos así, en el fondo del estómago, cómodos, tranquilos, empecé a utilizarlos en mis despedidas. Al principio me asustaban un poco, aparecían de repente en los ¡hastamañana! a conductores de autobús; en los aeropuertos y estaciones de trenes.
Aun así me acostumbré enseguida a su presencia. Los usaba hasta en las canciones, hasta en las cartas, hasta en los correos. En todo menos en los mensajes (ya sabes que todavía es joven mi teléfono, y después de esto, creo que sería mejor devolverlo al río).
En conclusión, que las despedidas de papel coûche y plastilina terminaron deslizándose en demasiadas ocasiones por la punta de mi lengua (donde habitan todo ese tipo de palabras) y se me están acabando.
Ahora que ya utilizo mucho más la palabra adiós estoy dispuesta a darme otro atracón de hastaluegos si me lo propones, si rompes el cristal.
Porque los adioses son finales tajantes (sin posibilidad de recurrir, sin apelación).
Son la respuesta más valiente a alguien que se va.
Y los valientes, como el buen vino, duran poco.
Empezar - Lachicadelosbotones
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