viernes, 15 de febrero de 2013

Empezar

Fue una mierda anudarme la garganta, no decirte hola ni saber decir adiós.
Porque una vez sabía (supe, que no estoy mintiendo) decirlo. Sólo decía adiós. Pero no me gustaba y era tal la atracción que me produjeron los hastaluegos que empecé a llenarme la boca con sus sílabas. Empecé a introducirlos entre los dientes, los masticaba un poco y me los tragaba sin respirar, como los jarabes horribles, como las cosas que huelen mal. Me los tragué y cuando ya estaban todos así, en el fondo del estómago, cómodos, tranquilos, empecé a utilizarlos en mis despedidas. Al principio me asustaban un poco, aparecían de repente en los ¡hastamañana! a conductores de autobús; en los aeropuertos y estaciones de trenes.
Aun así me acostumbré enseguida a su presencia. Los usaba hasta en las canciones, hasta en las cartas, hasta en los correos. En todo menos en los mensajes (ya sabes que todavía es joven mi teléfono, y después de esto, creo que sería mejor devolverlo al río). 
En conclusión, que las despedidas de papel coûche y plastilina terminaron deslizándose en demasiadas ocasiones por la punta de mi lengua (donde habitan todo ese tipo de palabras) y se me están acabando.

Ahora que ya utilizo mucho más la palabra adiós estoy dispuesta a darme otro atracón de hastaluegos si me lo propones, si rompes el cristal. 

Porque los adioses son finales tajantes (sin posibilidad de recurrir, sin apelación). 
Son la respuesta más valiente a alguien que se va. 
Y los valientes, como el buen vino, duran poco.

Empezar - Lachicadelosbotones